Saturday, May 13, 2006

El Padre Harrison sobre "el limbo"


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Ultimamente ha habido mucha discusión -¡y mucha confusión!- entre los católicos sobre cuál es el destino eterno de los niños que mueren sinbautismo. En el artículo adjunto, comentando una respuesta que salió el domingo pasado en el periódico católico de Puerto Rico, "El Visitante", he intentado aclarar esta cuestión, para explicar lo que entiendo que es la verdadera posición de nuestra Santa Madre Iglesia. Es especialmente importante lo señalado sobre un error que hay en la traducción oficial al español del#1261 del Catecismo de la Iglesia Católica.

Su amigo en Jesucristo resucitado,
P. Brian Harrison, O.S.

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¿ES CIERTO QUE EL LIMBO NO EXISTE?
Por el P. Brian W. Harrison, O.S., S.T.D.

En El Visitante del 7-13 de mayo, en la columna “Quiero saber” (p. 13), el P. Pedro Reyes ha contestado una lectora que le había preguntado sobre el por qué del bautismo de niños, si “no hay limbo” como destino de aquellos que mueren sin dicho sacramento.

El P. Pedro ha ofrecido en su contestación muchas citas muy apropiadas de nuestro Código de Derecho Canónico, de la Sagrada Escritura, y de varios documentos pertinentes del Magisterio de la Iglesia, que en su conjunto manifiestan la voluntad muy clara de la Iglesia al efecto de que los niños pequeños definitivamente deben ser bautizados. El Padre también nos dice, muy correctamente, que el “principio teológico” en el que “se fundamenta” la “necesidad de bautizar a los niños” es el siguiente: “la recepción de hecho o al menos de deseo [del bautismo] es necesaria para la salvación”. Exactamente. Y justamente porque los niños pequeños, a diferencia de los adultos, no son capaces de “desear” el bautismo, la gran tradición bimilenaria de la Iglesia, hasta hace muy poco, era prácticamente unánime en enseñar (aunque sin llegar a una definición dogmática) que bajo la Nueva Alianza de Cristo tales niños, por el pecado original que tienen, no se pueden salvar si mueren sin la recepción del sacramento.

Por eso quiero suplementar la respuesta del P. Pedro sobre este tema (al cual he dedicado investigaciones teológicas bastante extensas que se publicarán próximamente) con unas observaciones adicionales que creo son necesarias para una comprensión más completa y realista de la posición de la Iglesia sobre este asunto.

En el tercer párrafo de su artículo, el Padre observa que “ya se nos dice que no existe el limbo de los niños”. ¿”Se nos dice”? Pero la pregunta clave es, “¿Quién nos lo dice?” Muchos ya creen que es la misma Santa Madre Iglesia, pero eso no es cierto. La respuesta correcta es que muchos teólogos (en realidad, la gran mayoría de ellos) ya no creen en el limbo, y nos están asegurando que todo ser humano que muere antes de llegar al uso de la razón – bautizado o no bautizado – va a alcanzar la visión beatífica, es decir, la gloria del Cielo. En diciembre pasado, representantes de la Comisión Internacional de Teólogos, después de un congreso en Roma sobre el tema, hizo público su consenso sobre dicha conclusión optimista, la cual fue ampliamente reportada en la prensa, televisión e Internet.

Sin embargo, los teólogos, como tales, no son el magisterio de la Iglesia. Sus opiniones, aunque puedan llegar a constituir una mayoría abrumadora en un momento dado de la historia, siempre son falibles. Tales opiniones son especialmente cuestionables cuando nos resulta muy difícil, si no imposible, compaginarlas con numerosas declaraciones anteriores de los Sucesores de los Apóstolos – los papas y obispos. Pues, toda la credibilidad intelectual del catolicismo depende radicalmente de su coherencia doctrinal diacrónica: o sea, la ausencia de contradicción entre lo que la Iglesia eseñaba en siglos anteriores y lo que nos enseña hoy. Pues Jesucristo prometió que el Espíritu Santo estaría con los Apóstoles y sus sucesores “todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28, 20).

Ahora bien, para algunos teológos (entre los cuales este servidor–y reconozco que en este momento somos una pequeña minoría), el limbo sí existe para los niños que mueren sin bautismo. Y lo creemos porque la tradición constante de la Iglesia, por dieciocho siglos o más, fue unánime en negar rotundamente la tesis planteada por el dominante liberalismo teológico de hoy, a saber, que todos los infantes muertos, bautizados y no bautizados, van para el Cielo. Aquí no hay espacio para citar a todo lo que han afirmado los Papas y Concilios Ecuménicos para frenar tal optimismo exagerado, pero unos ejemplos son los siguientes.

En el remoto año 417, el Papa San Inocencio I escribió a los padres del Sínodo de Milevis, insistiendo a los católicos liberales de aquel entonces, “La idea de que los niños puedan llegar a los premios de la vida eterna aun sin la gracia del bautismo es totalmente necia” (latín perfatum est, cf. Denzinger-Schoenmetzer 219).

El Concilio Ecuménico de Florencia, en su Bula Cantate Domino del 4 de febrero de 1442, insiste enérgicamente en la gran importancia de bautizar a los niños lo antes posible, “por el peligro de muerte, que con frecuencia puede ocurrir, ya que no se les puede suministrar ningun otro remedio excepto el sacramento del bautismo, mediante el cual ellos son arrebatados del dominio del demonio y adoptados entre los hijos de Dios” (DS 1349).

Papa Sixto V, en su Constitucion Effrænatam del 29 de octubre de 1588 contra el aborto, subraya que lo lamentable de este delito no es tan sólo la destrucción de la vida corporal de las pequeñas víctimas no nacidas, sino también “el sacrificio indudable de [sus] almas” (animarum certa iactura), las cuales quedan “exclu[ídas] de la beata visión de Dios” (a beata Dei visione exclusit), justamente por haber muerto así sin bautismo. (Cf. P. Gasparri [ed.], Codex Iuris Canonici Fontes, vol. I, p. 308.)

En el 1794, el Sumo Pontífice Pio VI condena como “falsa y temeraria” la opinión de algunos que “califica[n] de fábula pelagiana aquel lugar, . . . [adonde van] las almas de los que mueren con la sola culpa del pecado original, que los fieles suelen llamar el limbo de los niños” (DS 2626). Bueno, ¿no es eso más o menos lo que están haciendo hoy la ‘ilustrada’ mayoría de nuestros teólogos? Ellos están rechazando el limbo, calificándolo, en efecto, de ‘fábula’, es decir, mito, leyenda, cuento – cosa que en realidad no existe.

Quizás alguien me dirá que el mismo Catecismo de la Iglesia Católica ya ha descartado el limbo. Pero eso sería una exageración. Más exactamente, el Catecismo refleja el hecho de que ya, en las décadas recientes, nuevas preguntas han surgido sobre el tema, con mucha discusión teológica por y contra la realidad del limbo. Por lo tanto, este reciente compendio autoritativo de doctrina católica, reconociendo que el mismo liderato de la Iglesia ya no está muy seguro sobre el verdadero destino de aquellos niños no bautizados, ha optado por dejar abierta esta cuestión, por lo menos temporalmente. En otras palabras, la Iglesia permite que la discusión pueda continuar, por el momento, entre los que creen, y no creen, en la existencia del limbo. La afirmación básica del Catecismo sobre tales niños es que “La Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito de las exequias por ellos” (art. 1261). Afirmación esencialmente ‘agnóstica’ sobre su destino eterno ¡y ciertamente muy lejos de una garantía de que todos van para el Cielo! Pues aunque esos niños vayan al limbo, eso también manifestará “la misericordia divina,” dado que en ese caso ellos disfrutarán una felicidad eterna (aunque natural, no sobrenatural), incluyendo la resurrección de sus cuerpos –ya adultos– a la inmortalidad en el día final, cuando Dios “destruirá a la muerte para siempre” y “enjugará toda lágrima de los ojos” (cf. Isaías 25, 8; Apoc. 21, 4).

Efectivamente, al examinar aquel “rito de las exequias”, lo encontramos muy reservado, sin la más mínima sugerencia de que esos niños muertos sin bautismo posiblemente puedan llegar a la gloria celestial. No hay oración alguna por su salvación (sólo por la consolación de sus familiares en luto). Y estoy hablando de la nueva edición oficial del Misal, publicada por el Vaticano en 2002 (diez años después del Catecismo), en la cual no se ha cambiado en nada el rito original de Pablo VI (Misal de 1969). De hecho, este rito desalienta toda clase de esperanza excesiva por la salvación de aquellos niños de parte de sus familiares. Pues, una rúbrica oficial recuerda al sacerdote o diácono que presida las exequias: “En la catequesis, es importante la vigilancia para que la doctrina sobre la necesidad del bautismo no se oscurezca en la mente de los fieles”. (“In catechesi autem advigilandum est, ne doctrina de necessitate baptismi in mentibus fidelium obscuretur”: Missale Romanum, 3era. editio typica, Ciudad del Vaticano: 2002, p. 1197.) Este testimonio de la sagrada liturgia es muy importante. Todo sacerdote y teólogo conoce bien el refrán, lex orandi, lex credendi (“El culto [oficial de la Iglesia] expresa confiablemente su fe”).

Un poquito más arriba en el Catecismo, en el art. 1257, se ha reafirmado, coerentemente con el 1261, que “La Iglesia no conoce otro medio que el Bautismo para asegurar la entrada en la bienaventuranza eterna” (énfasis mío). ¡Palabras que deben ser grabadas en la mente de los padres católicos para cuando nacen sus hijos! Además, debemos señalar aquí un error en la traducción oficial del Catecismo al español. Leemos también en art. 1261 que ciertos argumentos bíblicos “nos permiten confiar en que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin bautismo” (énfasis mío). Esta es una exageración, pues el original del 1992 en francés emplea el verbo espoir, no confier. Y la versión definitiva en latín del 1997 también usa el verbo sperare: esperar. Este verbo, claro, es más cauteloso que confiar. Según el Diccionario de la Real Academia Española, este último significa “esperar con firmeza y seguridad”. Por lo tanto, la verdadera enseñanza del Catecismo es simplemente que se puede esperar – ¡pero no dice con ‘firmeza’ ni ‘seguridad’! – que haya tal ‘camino de salvación’ para aquellos niños.

En mi humilde opinión, estamos en una situación semejante a la de los años 1966-1968, cuando una gran mayoría de los teólogos, y hasta algunos obispos y cardenales, esparaban con mucha “firmeza y seguridad” (¡y algunos se atrevían a predicarlo públicamente!) que el Papa Pablo VI iba a avalar la recomendación de una Pontificia Comisión que había estudiado la cuestión del control de natalidad, y así cambiar la bimilenaria doctrina cristiana en contra del uso de prácticas antinaturales. Para sorpresa de casi todos, el Santo Padre no lo hizo, sino, dándole la razón a la pequeña minoría conservadora (¡pero correcta!), insistió nuevamente, mediante su encíclica Humanae vitae, en la sana doctrina tradicional en contra del uso de anticonceptivos. Asimismo, yo me atrevo a predecir que cuando el presente Pontífice, Benedicto XVI, llegue a emitir su juicio (probablemente dentro de uno o dos años) sobre las recomendaciones de la Comisión de teológos que le están instando a ‘abolir’ el limbo, el Santo Padre sorprenderá grandemente a todos, negándose a hacerlo.

Si algún lector tiene interés en un artículo mío más extenso sobre este tema, lo puede encontrar en la sección “articles” del sitio www.SeattleCatholic.com. Su título es “Could Limbo be ‘Abolished’?
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